lunes, 17 de abril de 2017

Tratado IIV Lazarillo de Tormes

Mi nuevo amo es uno de los mejores que he tenido en muchos aspectos, en algunos otros no tanto. Mi nuevo amo se llama Roberto de Alcántara, vive en Galicia, bueno, mejor dicho vivimos ya que me propuso instalarme en su casa, cosa que acepté sin tomar mucha meditación, no pasa demasiado tiempo en casa ya que es un soldado, es cabo I, pero en la base lo tienen de armero, montando y desmontando armas, puliendo y afilando armas cuerpo a cuerpo, en fin, ese tipo de cosas.

Don Roberto, que es como le gusta que le llame, es muy estricto pero a la vez muy generoso y amable. Cuando él se va me deja recados como comprar cosas necesarias o tareas domésticas. Si cuando llega todo lo que me pidió lo he hecho bien me felicita por mi trabajo y me lo agradece, cosa que me parece muy gratificante.
- Hombre, Lazarillo, ¿cómo pasaste el día?.- Pregunto Don Roberto.
- Muy bien, Don Roberto, he acabado todas las tareas que me encomendaste y he tenido tiempo para dar una vuelta a la calle para que me diera el aire.- Respondió Lazarillo.
- Ja ja ja, me parece fantástico y veo que lo has hecho todo impecable como de costumbre. Gracias de corazón.- Respondió Don Roberto con cara de felicidad.
- No es molestia, Don Roberto, es lo menos que puedo haces después de darme cobijo.- Respondió Lazarillo.

Después de la conversación de anoche, nos fuimos a la cama temprano ya que Don Roberto tenía que madrugar para trabajar. Últimamente he estado pensando en irme de esta casa, no porque no esté a gusto sino para darle privacidad a mi amo, ya que últimamente ha estado trayendo a casa a una bella dama que no creo que tarde en instalarse. A la mañana siguiente ya tenía todo preparado para marcharme pero antes de salir por la puerta llegó Don Roberto, al parecer del médico, le había diagnosticado una enfermedad que solo se puede tratar y curar abonando una cantidad de 1000 blancas y hasta que no se curase no podía volver a trabajar, así que decidí para devolverle el favor ponerme a trabajar en una taberna como camarero, no era el mejor trabajo del mundo pero tenía que devolverle el favor a Don Roberto de cualquier forma.

Pasó ya una semana y solo me faltaban 200 blancas para que Don Roberto pudiera curarse y volver al trabajo, pero ese día apareció la bella dama de nombre Elisa, que al parecer estaba informada de este problema. No dudo en ayudarme y gracias a su aportación pudimos pagarle a Don Roberto su  tratamiento. Él al principio se negaba a aceptar el dinero pero al fin cedió y lo aceptó. Yo ya satisfecho cogí mis cosas y salí por la puerta cuando Don Roberto me quitó las maletas para ponerlas en el suelo y darme un abrazo de despedida.
- Lazarillo, se cómo eres realmente y te irá bien.- Le dijo Don Roberto emocionado a Lazarillo.
- Vale, señor, nunca olvidaré todo lo que hizo por mi durante todo este tiempo.- Respondió Lazarillo.
- Y recuerda que si te va mal, aquí siempre tendrás un hogar.- Le dijo Don Roberto a Lazarillo.

Después de ese abrazo volví a coger mis maletas y me dispuse a irme, antes de revolver la esquina volví la cabeza para mirar por última vez a los ojos a un hombre que me trató como si fuera su hijo.

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